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Crear desde lo colectivo (o cómo compartir las angustias)

22 Nov 2021 17:07 | Malena Maceira

Voy por mi segundo invierno consecutivo y pandémico, pienso. Las mejillas coloradas del calor de la calefacción y las manos heladas. Mala circulación. Estoy sentada en el piso de mi habitación apoyada contra la pared. En la falda tengo la computadora de mi compañera. Ella está sentada al lado mío. Aunque la habitación es grande, vamos pegadas una al lado de la otra tratando de darnos ánimo. Cada cual la lee a la otra. Cada corrección se hace sin ánimo de desanimar y con amor. Sororidad, decimos y reímos también para no llorar. 

Mientras me mira tipear me dice "¿te pone nerviosa que te mire?" y yo le digo que no, que me mete un poco de presión no más, pero que no pasa nada. Por dentro pienso que sí, que un poco nerviosa me pone porque no estoy acostumbrada a trabajar en equipo. 

Después de que terminamos nuestras correcciones me pregunté porqué me ponía nerviosa trabajar en equipo. Y recordé que hacía unos días, o ya quizás unas semanas -el tiempo en estos contextos se percibe con mucha distorsión- otra de nuestras compañeras (no lo es formalmente porque es una visiting scholar, pero ya es como si lo fuera) había reflexionado sobre lo mismo. No sobre el trabajo en equipo, sino de que justamente, las ideas fluían muy bien cuando se compartían. Y eso fue lo que me sacudió por un momento. Toda nuestra carrera universitaria vamos armando un recorrido de soledad tal que el trabajo en equipo no es un beneficio. Es un yunque. 

Los espacios de crecimiento académico que atravesé durante los últimos diez años estuvieron marcados por la soledad: si querés algo bien hecho, hacelo vos mismx. Si querés las cosas hechas, no delegues. No confíes en lxs demás. Nunca sabés cuándo están al lado tuyo y después, chau: tu idea se fue con ellxs. 

Esta y otra cantidad de ideas tan esperanzadoras se forjan día a día en un contexto de aprendizaje capitalista, clasista y jerárquico en el que quienes no nos sentimos comodxs, tenemos que seguir avanzando. 

Sin embargo, algo pasó. Esa incomodidad del trabajo colectivo vino para sacudir lo que tenía bastante adormecido. La incomodidad del registro del otrx. Las lógicas aprehendidas en los últimos años llevan tiempo de deconstrucción y cierto es que estos espacios como la Residencia, como la Oñati Community vienen a mostrarnos que hay que darse el espacio.

Las condiciones del contexto son apabullantes: miles de kilómetros de casa, un frío calador de huesos, pocas horas de sueño, un cerebro fragmentado en idiomas. 

En ese contexto de vulnerabilidad es que me quiebro y algo aparece. La posibilidad de identificación con quien está adelante. Desde la diferencia, desde las similitudes. 

El imperativo de la soledad como garantía del trabajo bien hecho se desdibuja y empiezan a calar hondo otras como tales. Lo individual deja de ser importante cuando la lectura compañera es quien le da el tono que faltaba. El trabajo de unx de nosotrxs ya se convierte en el trabajo de todxs. No es una sola cabeza pensando únicamente un tema si no que en el almuerzo hablamos de cómo hacer una pregunta correcta para ver quién puede responderla. Entre este pequeño colectivo de personas de varios países se construye una identidad propia: la del grupo de estudiantes de un mismo máster en una pequeña ciudad. 

Por eso creo que más allá de cualquier aprendizaje académico -que por cierto ya observo su vastedad- el más importante es cómo trabajar en la academia. Y por si fuera poco y de la pandemia sabemos que salimos entre todxs, con esto solo lo refuerzo. 

El conocimiento tiene que ser una construcción colectiva. De lo contrario solo puede perecer en el llano de mi propia cabeza. 

¡Eskerrik asko a todxs por creer y apoyar la construcción colectiva de conocimiento!

Malena Maceira (malemace@gmail.com)



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